La primera y la última página de la Biblia nos ponen en contacto con el agua, como si quisieran decirnos que sin agua no podemos vivir; como si dejaran entrever que la vida toda está entretejida del dinamismo del agua; dinamismo que encierra vida, muerte, deseo, abundancia, escasez, miedo, sed ,todos los sentimientos que forman parte de la realidad humana.
En el agua se originó la vida, y de ella sigue dependiendo, pues es un constituyente indispensable que permite el funcionamiento adecuado del organismo de todos los seres vivos. Sin embargo, en nuestro mundo la vida está en peligro por el uso inadecuado del agua.
Cristo es la fuente del agua de vida. En el paraíso de Dios el río del agua de vida fluye del trono de Dios y del Cordero, lo que significa que procede de Dios a través de Cristo. En el último día, el gran día de la fiesta de los tabernáculos, cuando la jarra de oro se llenaba con agua del estanque de Siloé, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba" (Jn. 7:37).
Quien tenga sed venga a mí, y beba quien crea en mí. Así dice la Escritura: De sus entrañas brotarán ríos de agua viva. (Jn 7, 37b – 38)
El Agua en la Biblia, algunas veces hace referencia a la aflicción profunda que anega nuestra alma y las olas que nos abaten. Como un signo de realidades espirituales indica tres cosas principalmente: separación, limpieza y vivificación espiritual, y renovación.
El agua del bautismo es un signo y sello de la separación espiritual del mundo en la comunión con Cristo, así como de la limpieza del pecado para la justicia eterna. Por eso las aguas del diluvio fueron un tipo del bautismo en Cristo, pues por el agua (no por el arca) fue limpiada la iglesia y separada del mundo impío que pereció bajo las aguas del juicio (la P. 3:20,21).
En el mismo sentido tipificaron el bautismo las aguas del Mar Rojo, porque por ellas el pueblo de Israel quedó separado para Dios frente a Faraón y su ejército, y la casa de servidumbre en Egipto. Y por el bautismo el viejo hombre de pecado es tragado y surge el nuevo en Cristo, separado del pecado y del mundo impío, resucitado con Cristo a una nueva vida de comunión con Dios.
